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El pastor de lobos.

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El pastor de lobos. Empty El pastor de lobos.

Mensaje por Guri Dom Jun 27, 2010 11:39 am

Bueno, esto es un prólogo que escribí hace... no sé, un año o así, es otra de esas historias que tengo formadas pero no llego a acabar :)
A ver si sacándola a la luz me inspiro ^^


"El polvo del suelo vibraba con la electricidad del viento del sur. Era verano y el sol brillaba tras un cielo metálizado; las calles se encontraban desiertas, a la espera de una tormenta que, de no haber sido tan temida, hubiera sido la más mágica desde hacía años. Y lo fue, aunque nadie estuviese ahí para verla.
Las nubes avanzaban pesadas sobre el cielo, deslizándose sobre los tejados de paja y la piedra gris, reflejándose en los charcos y en los cristales como un ejército tenebroso surcando el firmamento, invadiéndolo.
Un grito rasgó el silencio expectante de la tarde: una muchacha de quince años gritaba y suplicaba, lloraba y sentía desgarrarse su interior, y nadie parecía dispuesta a salvarla del destino, del vendaval. Mientras tanto, en la aldea, el aullido del viento golpeaba con fuerza los postigos de las ventanas, las ramas de los árboles y las puertas de las veredas, creando su melodía rítmica sobre la llamada de auxilio que la joven volvió a emitir.

Tras separarle el pelo de la húmeda frente su hermana la tomó de la mano, bajo una capa de sudor, sangre y barro, la sentía fría, débil y temblorosa.
– Khela, llama a la partera –gimió la niña entre jadeo y jadeo.
Khela meneó la cabeza a ambos lados, era apenas dos años mayor que su hermana, sin embargo había visto infinidad de partos de animales, y sabía distinguir cuándo la situación era crítica. Si la dejaba en aquel lado del camino, para cuando volviese sería demasiado tarde, y eso teniendo en cuenta que pudiese arrastrar hasta allá a alguna matrona con la insensatez suficiente como para abandonar el calor del hogar en pos de ir al bosque a asistir a un cadáver.
– Khela –insistió de nuevo, clavando sus ojos oscuros en algún punto inconcreto entre el cielo y el rostro de su hermana- Khela ve, ve.
Khela dudó un instante, si se apresuraba, tal vez podría salvarla… quizás sólo necesitase más seguridad, unas manos firmes y expertas que la ayudasen a expulsar la criatura de su vientre. Apenas se atrevía a mirar más allá del rostro pálido y contraído de su hermana, pero se obligó a lanzar un rápido vistazo a su estado. Había demasiada sangre. El rojo empapaba la tierra, los harapos que hacían de falda, los muslos…
– Khela… -continuó murmurando a medida que le abandonaban las fuerzas- Khela…
Poco a poco fue perdiendo el conocimiento, Khela la abrazó con fuerza acariciando su pelo de forma hipnótica una y otra y otra vez, acariciando su pelo durante lo que a ella le pareció una eternidad en la que su hermana, de vez en cuando, abría los ojos y se estremecía para volver a sumirse en el plácido sopor que la exentaba de sí misma.
La atmósfera viciada impregnaba de la humedad de los pantanos el aire que respiraban, las briznas de hierba se mecían inquietas y, en un silencio sepulcral, un silencio en luto por la chiquilla que agonizaba en el bosque quizás, el firmamento se partía en dos.
Cuando Khela comenzó a sentir calambres en las piernas y la tormenta o la noche oscurecieron el cielo, su preocupación dio paso a la ira y después a un sentimiento mucho peor: el miedo.
– Vamos, vamos, despierta –Khela comenzó a agitar el cuerpo de su hermana a medida que alzaba la voz cada vez más y más. Hasta ese momento no se había percatado de la inquieta calma que las rodeaba- Despierta… vamos, despierta.
La muchacha abrió los ojos y trató de esbozar una sonrisa que se congeló en una siniestra mueca macabra, demasiado semejante a los gestos burlones de la hienas… o los lobos. Khela se estremeció al pensarlo. Lobos.
Sí, podía oírlos, corriendo entre los árboles, aproximándose a medida que las sombras comenzaban a reinar. Aquello era lo que tanto miedo le producía, no se escuchaba nada más…únicamente lobos.
Khela, nacida en una aldea de pastores, pocas veces había visto un lobo, y menos aún uno que no estuviese muerto o malherido, no obstante no necesitaba haber tenido ningún enfrentamiento directo para saber qué se decía de los lobos del oeste; eran enormes, mucho más grandes que cualquier lobo o huango normal, voraces y astutos, violentos. Muchas leyendas aseguraban que esos lobos poseían cierto brillo humano en la mirada, y eran más diabólicos que bestias.
– Niña estúpida –gritó presa del pánico mientras arrastraba el pesado cuerpo de su
hermana hacia el camino, apenas un surco de tierra blanda entre las piedras y la maleza. Sabía que poco importaba dónde se encontrasen si las rodeaban los lobos, pero ¿qué más podía hacer? Una vez en el camino tal vez tuviese la perspectiva suficiente como para poder encontrar algún lugar donde ocultarse o, al menos, mantenerse fuera del alcance de los depredadores; los animales no solían acercarse a las zonas transitadas…
Desasiéndose del cuerpo de su hermana Khela logró ponerse en pie. Ahí arriba, en contraste con el cargado aire veraniego, el aroma de la sangre era demasiado palpable. La corteza de los árboles, sus ropas, su piel, las piedras e incluso la lluvia olía a sangre. Y aquel hedor era el mayor delator de su situación, daba igual cuan lejos se encontrasen los demonios, podían husmear la muerte, la sangre, el miedo. No, no podría ocultarse si su hermana estaba con ella. Estudió la situación.
Su hermana estaba peor aún de lo que había percibido en un principio: su respiración era tan débil que parecía muerta ya, si es que no lo estaba realmente. Le propinó un pequeño puntapié en el vientre, esperando recibir algún signo de vida, tanto por parte de la chica como del bebé que portaba en su interior. Nada.
No podía estar segura de si la criatura seguía con vida o no, y sólo conocía un método para averiguarlo. Desenfundó el puñal y se inclinó sobre el abultado abdomen de su hermana; si el niño se encontraba con vida no sería capaz de abandonarlo, sin embargo eso la haría avanzar con más torpeza, y atraería a las bestias hacia ella… Y no sólo eso, guiada por el miedo Khela fue más allá, pensó en la vida que aún debía tener: un marido, hijos propios, una pequeña cabaña tal vez… Aquel bastardo sólo complicaría su vida; se morirían de hambre, los dos, y si sobrevivían a la miseria nadie querría desposarla, debería prostituirse o robar, y todo por cuidar al maldito niño que tanto les había complicado el último año de su vida: meses de recorrer el mundo cuidando de una hermana pasional y cada vez más torpe. Por otra parte, si no extraía al niño que probablemente ya hubiese muerto podría dejar atrás su pasado, su familia, su nombre, a su hermana… Nadie podría reprocharle nada porque ella jamás habría existido, todo quedaría atrás, su hermana, el niño, su madre y su padre, Rhonan, Alexse… pero sobre todo Rhonan.
Volvió a enfundar el puñal y besó fugazmente los labios gélidos de su hermana.
– La vida es de los vivos, hermana –murmuró mientras se levantaba ágilmente,
desapareciendo tras la vegetación, sin mirar atrás ni una vez.
En cuanto se sumergió en la oscuridad comenzó a correr, prestando atención únicamente a su respiración; debía distraerse si no quería sucumbir al pánico.
Las ramas y raíces arañaban por igual su rostro y tobillos y las rocas obstaculizaban su paso. El camino resultaba infinitamente más transitable, pero no podía arriesgarse a ser encontrada en aquel estado: sucia y ensangrentada, debía parecer una muchacha normal si quería pasar desapercibida y comenzar desde cero. Si su hermana hubiese llevado algo de valor al menos podría haber contado con dinero suficiente como para comprar un poco de ropa en la aldea y así lograr un trabajo como doncella, sin embargo, desde la muerte de sus padres, la única herencia que llevaba de su familia era sangre en sus manos, sangre de su sangre. Pero ella ya no tenía familia y, por lo que al mundo respecta, nunca la había tenido.
"Sí –pensó- quizás tenga suerte y pueda robar un vestido bonito, verde pardo como las colinas que rodeaban los valles por los que cabalgaban los caballeros con sus yelmos relucientes… entonces entraré al servicio de alguna buena dama y allí me casaré con un hombre humilde y cálido".
Aún continuaba con la sonrisa asomando en el rostro cuando el enorme lobo la derribó clavando los dientes en su garganta. Se trataba de una bestia de tamaño monstruoso, mucho más grande que una muchacha de apenas veinte años. La sangre manó antes de que Khela tuviese siquiera tiempo de percatarse de los ojos ambarinos que la observaban con ferocidad, tras el hocico grisáceo totalmente ensangrentado. Sangre, su sangre, sangre de su sangre. Trató de gritar y la sangre gorgoteó en su garganta. Seis pares de ojos más se cernieron sobre ella, hambrientos."


Sí, es muy largo T_T
Guri
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